martes

A través de los párpados.


Sonreír con los ojos cerrados. Verlo todo así del color de la sangre, de la vida, al filtrarse la luz por los párpados translúcidos. Sonreír. Sentir las manos llenas de cosas, aunque ahora se apoyan en el banco de piedra fría. Queda en ellas la memoria de todo lo que han tenido. Circulan por mi visión de sangre sus imágenes. Nunca más la desearé mía, y nunca la quise ni la querré más de lo que la quiero ahora.
Toda nuestra historia es una acuarela difusa, de colores azulados y violáceos aguados, mezclados, como un cielo o como un mar, o como todas las cosas sin principio ni fin que se mueven indefinidamente y no podría delimitar. Suavizada, como espumas o algodones, como agua que atraviesa el espacio y rodea mis dedos y los abandona, dejando en ellos un olor a sal como único testigo. Y porque acerco mi mano a mi cara y aún la siento llena de cosas, es que sé que ella ocurrió. Y ahora que es así, sólo puedo recordar su sonrisa. Y esta vez sólo viene para aplacar mis males.
Quizás si hubo belleza en nuestro amor.

Quizás no hubo amor, sólo belleza.

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