sábado

Odilón.

El mundo sin cromatismo nos espanta. Todos los lomos de los libros, las cajas de acuarelas, las pompas de jabón, todos rotos. Todas las bellezas traicionadas.
Pero tras tantos miedos, llega el día en que el vértigo nos lo produce la luz (corremos hacia ella y nos va carcomiendo, atravesando, fulminando). ¡Quiero correr a esconderme! Esa es la verdad. Y al mismo tiempo quiero acercarme hasta ella, regalarle mis pupilas y dejar que mengüen hasta casi desaparecer, empequeñecer yo misma y contenerme en un estuche, y entregarme en él, y en un arrullo, sentirme frágil y vulnerable a su voz y a su tacto. Deseo esa vulnerabilidad, la quiero... y no la quiero.
Llega el día en que los colores nos abruman, llenan nuestros cristales y se multiplican una infinidad de veces (¿son ciertos o sólo una ilusión óptica...?), y nos adentramos en el caleidoscopio, y estamos encerrados en un paraíso minúsculo como la guarida del genio de la lámpara, y corremos de un lado para otro sin poder escapar ni apartar la vista de tantas alegrías misteriosas. Y yo creo en la nitidez de esos colores. Creo... y no creo.
Desconfío de la bondad inocente, de la belleza cándida, ¡de la felicidad otorgada tan de pronto!
Desconfío, y a mi pesar, cedo a mi naturaleza y me entrego...

domingo

El prodigio.



Tardé tiempo en darme cuenta de que mi amor no estaba en ninguno de ellos, no se extendía a lo largo del espacio, viajando por decenas de conductos oscuros y ciegos hasta destinos inciertos. Mi amor no se había disgregado, no se había quedado olvidado en aquellos a quienes nunca volví a ver. Tardé tiempo en darme cuenta de que mi amor no se había roto en mil pedazos.

Tardé tiempo en comprender que no se hayaba el prodigio en el mundo, en las colinas, en los caminos, en los besos, en los ojos. El prodigio de todas aquellas bellezas estaba en mi misma. El prodigio no era producto del impulso del cosmos, de pulsiones ajenas, del pálpito de la especie humana, ni de unos labios. Tardé tiempo en comprender que el prodigio del amor no me lo habían otorgado otros.

Quizá me fue tan difícil descubrirlo porque siempre parecieron estar en manos de alguien el amor y el prodigio. Pero empiezo a comprender que el prodigio es algo más grande que el solo sentir humano...


El prodigio está en el mundo.

lunes

Témenos.




No te impones como un sujeto físico; te expones como un vacío. El vacío cargado que se ofrece a la imaginación, para que yo la impregne, hasta rebosar, de todas las bellezas.


Un vacío que dibuja tu silueta diluyéndose, un perfil delicado débilmente iluminado (estamos en la penumbra del atardecer de una ciudad cualquiera). Las lineas difusas encierran un espacio donde espero encontrarte, alzar la mano y descubrirte, pero al que no me atrevo a acercarme por miedo a que no sea cierto. Permaneces cristalizada, en un mismo gesto detenida, y el contorno de tus ragos (tan poco definidos que podrías ser cualquiera, podría ser cualquiera el objeto de mi adoración) parecen rasgaduras finas sobre una lámina. El dibujo de un deseo, un palimpsesto que cambia y se renueva.


Cuando al fin me decido a iluminar tu rostro, me descubro. Observo mi sola imagen, los ojos clavados una y otra vez hasta la lejanía en sus mismas pupilas, penetrando a través del espejo hasta resultar dolorosas, hasta producirme el llanto. Allí estabas tú, o nunca lo estuviste.



Estaba en la penumbra del atardecer de una ciudad cualquiera...

miércoles

Clavel del aire.




"Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire." (J.Gelman)


Solamente de este aire frío de Berlín... Ayer mismo le recordé. Me volvió repentinamente su voz al otro lado del teléfono, una noche de junio, preguntándome... ¿Me dejarás tocar tu pelo alguna vez? Por alguna razón, aquello le producía una satisfacción que nunca pude explicarme, como si fuera un pequeño privilegio que sólo a él le concedía, brindándole el lujo de alcanzar la más inocente de las perversiones. Era su capricho... déjame acariciar tu pelo... y me miraba de esa forma en que se mira lo más amado, el objeto inviolado, el ser puro, la belleza cándida.


Me volvió repentinamente su voz, pero ya no hay nada que quiera pedirme... nada que yo pueda darle.