L. Makabresku
Se eriza tu piel. Paseas por mi cama a través del bosque que a medianoche escogiste para soñar. Contienes la respiración y te adentras un paso más; puedo ver tus manos yaciendo junto a tu cara, deshaciendo con delicadeza el afilado diente de león; tus piernas dulcemente entrelazadas con las mías, abriéndose paso a través de las desafiantes amapolas marchitas; tus talones volátiles deslizándose sobre el prado de estío que apuñala tu piel sagrada. Quiero alcanzar tu mundo dolido y bello, y verte renacer. Quiero saber a dónde vas tan decidida. Calmar el viento helado que te conmueve y devolverle la paz a tu piel. Quiero que no me desgarre tu lejanía, y te des la vuelta y abras los ojos para mí, que vuelvas conmigo antes de tiempo, que dejes esos paseos errantes que nunca sé a dónde llevan. Despierta. Abre los ojos para mí. Detén los dientes de león que el viento ha traído y derrama sobre mi cama, silencioso adiós que me prestas.
