martes

Palimpsesto.

Madonna. Munch.

Madrid es desde hace años mi palimpsesto, pero lo primero que ha venido a mostrarme, ahora que he regresado, ha sido el dolor de hace un año, cuando creía despedirme por fin de todas las desgracias. Estaban aquí, esperándome.
Siento que la reescritura de estos meses no ha servido para nada cuando observo los lugares cargados del pasado, una y otra vez señalándome las mismas cosas, como si jamás me hubiera ido; como si estos últimos meses jamás hubieran sucedido.
Como si todo el olvido hubiera sido un sueño.

domingo

Tus tristezas



Preparas la maleta. La capa de abajo está formada por libros, todos los que querrás ojear en algún momento a excepción de uno que leerás repetidamente y cargarás bajo el brazo durante todo el viaje, igual que Teresa abrazaba a su Karenina. Te sientas en la cama con la maleta abierta a tus pies y observas la composición de las portadas. Esos libros tienen mucho en común contigo, son aristados por fuera y encriptados hasta el corazón, y su posición natural está constituida por la misma horizontalidad que se cierne sobre ti. Sentada sientes que la inercia te sostiene, y la gravedad sólo inclina tu cabeza en un gesto lánguido, como se doblaría un clavel abatido por el agotamiento antes de troncharse su tallo. Te tumbas. Dejas que tu cuerpo se hunda en el colchón, y la visión del techo expanda tu fijación analítica y dolorosa, y tu mirada se pierde poco a poco en la homogeneidad. Tragas, y notas tu garganta cediendo al peso y abandonándose a esa gravedad. 

lunes

Besar tu horizonte

Opustena (Franz Kline)

Estoy segura de que tu piel tiene el color del polvo de concha de caracola, y es su tacto suave como el de una piedra pulida por la erosión de unos besos. Y de que tu silueta es como las dunas, pero no se vence su onda a la caricia, aunque se estremece.
De que son tus pupilas dos oscuridades de la profundidad más inaccesible, que logra alcanzar sin embargo el rayo de luz que emite un pez de las tinieblas, que ciegamente te persigue.
Seguro que tu alma es de pradera, extensa.
Y el arco que forman tus labios, un horizonte ovalado, encargado de conjugar en tu sonrisa tus dos esencias, linea perfecta que aúna en la tierra todas las bellezas, conteniéndolas en un gesto que reclama mi mirada.

sábado

Odilón.

El mundo sin cromatismo nos espanta. Todos los lomos de los libros, las cajas de acuarelas, las pompas de jabón, todos rotos. Todas las bellezas traicionadas.
Pero tras tantos miedos, llega el día en que el vértigo nos lo produce la luz (corremos hacia ella y nos va carcomiendo, atravesando, fulminando). ¡Quiero correr a esconderme! Esa es la verdad. Y al mismo tiempo quiero acercarme hasta ella, regalarle mis pupilas y dejar que mengüen hasta casi desaparecer, empequeñecer yo misma y contenerme en un estuche, y entregarme en él, y en un arrullo, sentirme frágil y vulnerable a su voz y a su tacto. Deseo esa vulnerabilidad, la quiero... y no la quiero.
Llega el día en que los colores nos abruman, llenan nuestros cristales y se multiplican una infinidad de veces (¿son ciertos o sólo una ilusión óptica...?), y nos adentramos en el caleidoscopio, y estamos encerrados en un paraíso minúsculo como la guarida del genio de la lámpara, y corremos de un lado para otro sin poder escapar ni apartar la vista de tantas alegrías misteriosas. Y yo creo en la nitidez de esos colores. Creo... y no creo.
Desconfío de la bondad inocente, de la belleza cándida, ¡de la felicidad otorgada tan de pronto!
Desconfío, y a mi pesar, cedo a mi naturaleza y me entrego...

domingo

El prodigio.



Tardé tiempo en darme cuenta de que mi amor no estaba en ninguno de ellos, no se extendía a lo largo del espacio, viajando por decenas de conductos oscuros y ciegos hasta destinos inciertos. Mi amor no se había disgregado, no se había quedado olvidado en aquellos a quienes nunca volví a ver. Tardé tiempo en darme cuenta de que mi amor no se había roto en mil pedazos.

Tardé tiempo en comprender que no se hayaba el prodigio en el mundo, en las colinas, en los caminos, en los besos, en los ojos. El prodigio de todas aquellas bellezas estaba en mi misma. El prodigio no era producto del impulso del cosmos, de pulsiones ajenas, del pálpito de la especie humana, ni de unos labios. Tardé tiempo en comprender que el prodigio del amor no me lo habían otorgado otros.

Quizá me fue tan difícil descubrirlo porque siempre parecieron estar en manos de alguien el amor y el prodigio. Pero empiezo a comprender que el prodigio es algo más grande que el solo sentir humano...


El prodigio está en el mundo.

lunes

Témenos.




No te impones como un sujeto físico; te expones como un vacío. El vacío cargado que se ofrece a la imaginación, para que yo la impregne, hasta rebosar, de todas las bellezas.


Un vacío que dibuja tu silueta diluyéndose, un perfil delicado débilmente iluminado (estamos en la penumbra del atardecer de una ciudad cualquiera). Las lineas difusas encierran un espacio donde espero encontrarte, alzar la mano y descubrirte, pero al que no me atrevo a acercarme por miedo a que no sea cierto. Permaneces cristalizada, en un mismo gesto detenida, y el contorno de tus ragos (tan poco definidos que podrías ser cualquiera, podría ser cualquiera el objeto de mi adoración) parecen rasgaduras finas sobre una lámina. El dibujo de un deseo, un palimpsesto que cambia y se renueva.


Cuando al fin me decido a iluminar tu rostro, me descubro. Observo mi sola imagen, los ojos clavados una y otra vez hasta la lejanía en sus mismas pupilas, penetrando a través del espejo hasta resultar dolorosas, hasta producirme el llanto. Allí estabas tú, o nunca lo estuviste.



Estaba en la penumbra del atardecer de una ciudad cualquiera...

miércoles

Clavel del aire.




"Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire." (J.Gelman)


Solamente de este aire frío de Berlín... Ayer mismo le recordé. Me volvió repentinamente su voz al otro lado del teléfono, una noche de junio, preguntándome... ¿Me dejarás tocar tu pelo alguna vez? Por alguna razón, aquello le producía una satisfacción que nunca pude explicarme, como si fuera un pequeño privilegio que sólo a él le concedía, brindándole el lujo de alcanzar la más inocente de las perversiones. Era su capricho... déjame acariciar tu pelo... y me miraba de esa forma en que se mira lo más amado, el objeto inviolado, el ser puro, la belleza cándida.


Me volvió repentinamente su voz, pero ya no hay nada que quiera pedirme... nada que yo pueda darle.

Desaparecido.


"Pero tu intención de ir te llevó donde querías, lejos de aquí, donde estás diciéndome: "aquí estoy, contigo, mira". Y me señalas la ausencia." (Salinas)

No fue la única vez que te fuiste. Cuando te perdí definitivamente, yo ya estaba acostumbrada a tus idas y venidas, a tu ausencia. Quizá supiste siempre que iba a ocurrir todo exactamente tal y como lo hizo, quizá me abandonaste tantas veces porque sabías que algún día tu marcha sería irremediable. Quizá me quisiste más de lo que aparentabas, y por eso me dañaste tanto en vida, para que aprendiera a soportar un día tu muerte.
Y a pesar de todo, pudiste enseñarme sobre la ausencia mejor que ninguno, pero yo nunca te tendré por muerto (yo nunca vi tu cuerpo así, tu dormir sin pálpito, tu acabar). Todo me lo contaron y yo nunca lo vi, y ya que nunca lo hice, no tiene por qué ser cierto.
Para mi "vos sos" un desaparecido, que no se dónde acabaste, ni qué fue de ti.
Y tu recuerdo es una nebulosa indefinida.
Pero no, tú no estás muerto.

domingo

Atlántico


Si te hablo de la playa, no lo dudes, en mi imaginario no habrá otra cosa que no sea el norte. Una lona irregular de dunas extendida torpemente, color de hueso o vainilla, no canela, de esas dunas pálidas que apenas han visto el sol y que nunca queman los pies. Un mar siempre encendido de oscuridades, que se alimenta de las cuentas brillantes de un collar al que se le ha vencido la cuerda en la orilla, como si bajo su manto albergara las luces, pero se mostrase siempre una profunda soledad.

viernes

Los pájaros.


Desde luego están ahí. Hoy, más que en mi garganta como otras veces, los noto en mi estómago, aletean y van rasgándome desde el interior. No hay forma de sacarlos de allí, ya nada sirve. Sé que en otras ocasiones lograron hacerlo las lágrimas.
Pero yo ya no lloro jamás.
Exhalo aire como si quisiera echar la vida por la boca, ir exprimiendo mi cuerpo como si se tratara de un hinchable y quedarme reducida a piel arrugada extendida sobre el suelo, como una alfombra. Realmente es mucho más lo que quisiera expulsar, vomitarlo todo y deshacerme de ello.
Voy perdiendo el valor o la paciencia para vivir con los pájaros. Pero soy tan cobarde, que ni siquiera tendría el valor de morir.

jueves

Introspección III.


El invierno en Berlín es siempre nocturno. El sol sólo desprende un candor gris desde el amanecer, y tiempo después de haber llegado aquí un día te sorprendes a ti mismo pensando en ver aunque sea el más mínimo fragmento de cielo; pensando en algo que siempre estuvo a tu alcance hasta ahora, sin fallarte jamás ni revelarte tu ciega necesidad de él. Y esa necesidad que no puedes satisfacer te entristece. Y vivir sin ver el cielo ya era suficientemente triste.
Mi cabeza es también un paisaje oscuro, pero nunca solitario: turbas de nocturnas aves lo surcan, que a veces trato de extraer, y se resisten. Mantienen sus alas desplegadas sobre las paredes húmedas y recovecos fríos, se agazapan en los huecos más inhóspitos, pero yo los noto, noto los pájaros en mi cabeza. ¿Es esta una forma de reconocer que mi confianza en mi misma pende a estas alturas de un hilo?
Cuando unas aves así se adhieren y se funden con tus tejidos corporales, ya no hay nada de lo que puedas estar seguro. La desesperación te invade y te llevas las manos a la cara, a la cabeza, al pecho, al cuello, y te palpas en busca de algo que no sabes bien qué es, tratando de descubrir la protuberancia extraña a la que puedas atribuir tu desconcierto y tantos otros males, y que una vez localices podrás extirpar. Pero jamás la encuentras, porque todo lo que te asusta de ti está en un lugar mucho más profundo.
Quiero arrancarlo, arrancármelo todo, los ojos, los dientes, cada uno de mis órganos, hacerme pedacitos y lanzarlos lejos, todos ellos infectados de dolor y corruptos.

sábado

Rosas y Principios.


"No importa que el hombre se haya roto si de él emergen rosas de légamos y principios renovadores. Hay que empezar rompiendo para darle rienda suelta a lo que realmente somos y escondemos." (Millares)

A veces yo desearía ser tan destructiva como lo era Millares, o quizás ya lo sea, pero a veces yo desearía ser destructiva de la misma manera de la que lo es él. Cuando yo destruyo la violencia recae sobre mi misma, pero él supo crear una parte tan suya como él mismo fuera de si mismo, y ser violento hacia esa parte (suya y ajena). Así eran sus cuadros. Un ataque a toda aquella materia devastada que no era sino un despojo de su interior, como un vómito o un trozo de piel arrancada. Y yo sin embargo estoy a años luz de destruir mi alter ego convertido en dios sabe qué. En unos versos, en una melodía, en una acuarela. Puede que esté a años luz de crear siquiera ese alter ego de manera satisfactoria.
Hasta que lo logre, estaré rasgando mi propio cuerpo y mi propia mente. Pero algún día lo haré surgir y lo haré desaparecer, y emergerán rosas de légamos y principios renovadores. Y no volveré a ser la que fui.