
El mundo sin cromatismo nos espanta. Todos los lomos de los libros, las cajas de acuarelas, las pompas de jabón, todos rotos. Todas las bellezas traicionadas.
Pero tras tantos miedos, llega el día en que el vértigo nos lo produce la luz (corremos hacia ella y nos va carcomiendo, atravesando, fulminando). ¡Quiero correr a esconderme! Esa es la verdad. Y al mismo tiempo quiero acercarme hasta ella, regalarle mis pupilas y dejar que mengüen hasta casi desaparecer, empequeñecer yo misma y contenerme en un estuche, y entregarme en él, y en un arrullo, sentirme frágil y vulnerable a su voz y a su tacto. Deseo esa vulnerabilidad, la quiero... y no la quiero.
Llega el día en que los colores nos abruman, llenan nuestros cristales y se multiplican una infinidad de veces (¿son ciertos o sólo una ilusión óptica...?), y nos adentramos en el caleidoscopio, y estamos encerrados en un paraíso minúsculo como la guarida del genio de la lámpara, y corremos de un lado para otro sin poder escapar ni apartar la vista de tantas alegrías misteriosas. Y yo creo en la nitidez de esos colores. Creo... y no creo.
Desconfío de la bondad inocente, de la belleza cándida, ¡de la felicidad otorgada tan de pronto!
Desconfío, y a mi pesar, cedo a mi naturaleza y me entrego...
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