No te impones como un sujeto físico; te expones como un vacío. El vacío cargado que se ofrece a la imaginación, para que yo la impregne, hasta rebosar, de todas las bellezas.
Un vacío que dibuja tu silueta diluyéndose, un perfil delicado débilmente iluminado (estamos en la penumbra del atardecer de una ciudad cualquiera). Las lineas difusas encierran un espacio donde espero encontrarte, alzar la mano y descubrirte, pero al que no me atrevo a acercarme por miedo a que no sea cierto. Permaneces cristalizada, en un mismo gesto detenida, y el contorno de tus ragos (tan poco definidos que podrías ser cualquiera, podría ser cualquiera el objeto de mi adoración) parecen rasgaduras finas sobre una lámina. El dibujo de un deseo, un palimpsesto que cambia y se renueva.
Cuando al fin me decido a iluminar tu rostro, me descubro. Observo mi sola imagen, los ojos clavados una y otra vez hasta la lejanía en sus mismas pupilas, penetrando a través del espejo hasta resultar dolorosas, hasta producirme el llanto. Allí estabas tú, o nunca lo estuviste.
Estaba en la penumbra del atardecer de una ciudad cualquiera...
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