domingo

El prodigio.



Tardé tiempo en darme cuenta de que mi amor no estaba en ninguno de ellos, no se extendía a lo largo del espacio, viajando por decenas de conductos oscuros y ciegos hasta destinos inciertos. Mi amor no se había disgregado, no se había quedado olvidado en aquellos a quienes nunca volví a ver. Tardé tiempo en darme cuenta de que mi amor no se había roto en mil pedazos.

Tardé tiempo en comprender que no se hayaba el prodigio en el mundo, en las colinas, en los caminos, en los besos, en los ojos. El prodigio de todas aquellas bellezas estaba en mi misma. El prodigio no era producto del impulso del cosmos, de pulsiones ajenas, del pálpito de la especie humana, ni de unos labios. Tardé tiempo en comprender que el prodigio del amor no me lo habían otorgado otros.

Quizá me fue tan difícil descubrirlo porque siempre parecieron estar en manos de alguien el amor y el prodigio. Pero empiezo a comprender que el prodigio es algo más grande que el solo sentir humano...


El prodigio está en el mundo.

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