
La cura llega un día sin previo aviso, y al hacerlo te das cuenta de que no todo andaba tan bien como te pensabas. Esa sensación de bienestar (o al menos, la sensación de no estar completamente derruído), te hacía pensar que, al fin y al cabo, no había sido para tanto. Te hacía sentirte grande y fuerte, capaz de todo, sin ningún tipo de cicatriz o trauma, como si la muerte de él sólo hubiera sido un sueño. Y tú creías haber pasado por todo y haber salido ileso, cuando en realidad era todo aquello lo que había pasado por tí, y tú no habías salido corriendo para huir de ello... si no que "ello" estaba caminando sobre tí, y su peso continuaba encima aunque ya no pudieses notarlo.
El día en que se fue, cogiste los pinceles como si fuera ayer mismo cuando los soltaste y comenzaron su vida retirada en el cajón último de la mesa de madera, todos amontonados debajo de la cajita de acuarelas. El día en que llegó la cura volvieron los pinceles. Y al usarlos no te sentiste como si te estuvieras despidiendo una vez más de él, sino que sólo se trataba de una acuarela más. Y el recuerdo de él había salido volando de sus pinceles viejos. Se habían cosificado...para volver a humanizarse contigo.








