
Se amilanaban mis pupilas con el fulgor de tu piel. Cobre donde el sol incrustaba diamantes duros, que abrasaban la vista, que rasgaban las yemas de mis dedos al tratar de acariciarte.
Solía pensar en tu belleza dolorosa, pero con el tiempo supe que la destrucción estaba en ti, y tu belleza era el reflejo del modo en que te deseaba. Recuerdo miradas y despertares, los más vulgares, y tu amor, el más mediocre. Y el misterio de esos ojos fue desvelado sin necesidad de aquellas metafísicas a las que trataba de elevarte: sólo eran dos pozos vacíos.
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