
Oteo con mis dos canicas negras una sombra que se mueve cerca de mi. Sólo puedo ver oscuridades: siempre que surge una luz, se crea una tiniebla. Los destellos cegadores destrozan mis pupilas, pero mirando a mis pies todo se mantiene en orden, los ojos bien abiertos, las hojas arremolinándose en el suelo y girando sobre si mismas como peonzas, las sombras deslizándose como líquidos vertidos de forma descuidada y fuera de control. El caos está allí. Pero es un caos que ya conozco y sé que puedo soportar.
Por eso no me sorprende esta sombra que me persigue, pero ni ella ni ninguna parecida podrá alcanzarme nunca más. Destrozaré cada parte de mi si es necesario, arderé desde el alma hasta la piel, dejaré que me corroa el fuego por dentro. Pero estará siendo el fuego de la luz. Nunca, nunca más el dolor de las noches.
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