
Mis pulmones se dilatan, se desbordan, y el aire llena mi cuerpo por completo y creo que voy a salir volando. Las ráfagas heladas me llegan por entre los huecos que crean los cristales partidos, las estructuras metálicas, el yeso roído y desconchado. La destrucción está filtrando mi aliento, pero cuando me alcanza es sólo vida. Es el frío de Berlín. Su viento me despierta, me busca, me impulsa hacia delante, me promete, me otorga. Me da fuerzas para llenar mi garganta de todas aquellas palabras que antes no me atreví a decir. Y cuando lo expulso, salen todas en un cauce rápido; y aunque se que mi voz no llega a ninguna parte, el viento ha venido a llevársela y yo se la ofrezco.
Y a partir de entonces, ya no es de nadie.
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