sábado

La mujer.


Encuentro en ella el placer que ninguna otra puede darme. Se reencarna una y otra vez para capturarme y destrozarme. La busco, y como un insecto que toca el dulce néctar y queda prendado por siempre sin poder deshacerse del espeso jugo, me someto. Una y otra vez, una y otra vez... ha vuelto para vencerme. Para demostrarme que su oscuro amor va más allá de los tristes términos que asignamos a la admiración, al deseo, al placer. Van girando sus palabras, mezcladas entre mis días pasados en un tornasol difuso. Cuando me alcanza y me derriba, mis labios trémulos no saben pronunciar, mis manos no saben detenerla. Está en mi cabeza. Puedo notar la velocidad vertiginosa a la que se adentra en ella, y cómo poco a poco va recorriendo cada víscera y recoveco. Ella suelta su bisturí repentinamente y son ahora sus labios los que no logran nombrar, sus manos las que tiemblan. Y mientras permanezco inmutable, va recogiendo sus instrumentos y después se aleja.
Desde la camilla helada, mi cráneo cercenado se precipita hacia el suelo. Y una nueva mujer vendrá para explorarme, y recomponerme, y cercenarme otra vez.

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