
Si te hablo de la playa, no lo dudes, en mi imaginario no habrá otra cosa que no sea el norte. Una lona irregular de dunas extendida torpemente, color de hueso o vainilla, no canela, de esas dunas pálidas que apenas han visto el sol y que nunca queman los pies. Un mar siempre encendido de oscuridades, que se alimenta de las cuentas brillantes de un collar al que se le ha vencido la cuerda en la orilla, como si bajo su manto albergara las luces, pero se mostrase siempre una profunda soledad.
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