jueves

Introspección III.


El invierno en Berlín es siempre nocturno. El sol sólo desprende un candor gris desde el amanecer, y tiempo después de haber llegado aquí un día te sorprendes a ti mismo pensando en ver aunque sea el más mínimo fragmento de cielo; pensando en algo que siempre estuvo a tu alcance hasta ahora, sin fallarte jamás ni revelarte tu ciega necesidad de él. Y esa necesidad que no puedes satisfacer te entristece. Y vivir sin ver el cielo ya era suficientemente triste.
Mi cabeza es también un paisaje oscuro, pero nunca solitario: turbas de nocturnas aves lo surcan, que a veces trato de extraer, y se resisten. Mantienen sus alas desplegadas sobre las paredes húmedas y recovecos fríos, se agazapan en los huecos más inhóspitos, pero yo los noto, noto los pájaros en mi cabeza. ¿Es esta una forma de reconocer que mi confianza en mi misma pende a estas alturas de un hilo?
Cuando unas aves así se adhieren y se funden con tus tejidos corporales, ya no hay nada de lo que puedas estar seguro. La desesperación te invade y te llevas las manos a la cara, a la cabeza, al pecho, al cuello, y te palpas en busca de algo que no sabes bien qué es, tratando de descubrir la protuberancia extraña a la que puedas atribuir tu desconcierto y tantos otros males, y que una vez localices podrás extirpar. Pero jamás la encuentras, porque todo lo que te asusta de ti está en un lugar mucho más profundo.
Quiero arrancarlo, arrancármelo todo, los ojos, los dientes, cada uno de mis órganos, hacerme pedacitos y lanzarlos lejos, todos ellos infectados de dolor y corruptos.

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