Preparas la
maleta. La capa de abajo está formada por libros, todos los que querrás ojear
en algún momento a excepción de uno que leerás repetidamente y cargarás bajo el
brazo durante todo el viaje, igual que Teresa abrazaba a su Karenina. Te
sientas en la cama con la maleta abierta a tus pies y observas la composición
de las portadas. Esos libros tienen mucho en común contigo, son aristados por
fuera y encriptados hasta el corazón, y su posición natural está constituida
por la misma horizontalidad que se cierne sobre ti. Sentada sientes que la
inercia te sostiene, y la gravedad sólo inclina tu cabeza en un gesto lánguido,
como se doblaría un clavel abatido por el agotamiento antes de troncharse su
tallo. Te tumbas. Dejas que tu cuerpo se hunda en el colchón, y la visión del
techo expanda tu fijación analítica y dolorosa, y tu mirada se pierde poco a
poco en la homogeneidad. Tragas, y notas tu garganta cediendo al peso y
abandonándose a esa gravedad.

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