Nude. Aaron Westerberg.
Una respiración se entrecorta junto a mi oído, en el último instante contenida. La curvatura del cuello tensado por el rayo culmina con un profundo exhalar con la boca abierta, dejándonos en una suspensión de cuerpos celestes, en un fundirse de planetas que colisionan, en un brillar de pieles como astros candentes. Todo su cuerpo va replegándose poco a poco: sus dedos entrelazados entre los míos, su nariz fruncida, sus dientes tratando de desgarrar la piel, cerrándole el paso a un sonido sordo.
Y está preciosa cuando muestra esa leve desesperación en el gesto; preciosa cuando alza sus ojos grandes, oscuros, para clavarlos arriba, más alto, en busca de la trascendencia de una visión casi mística; preciosa simplemente detenida. Preciosa leyendo, preciosa hablando, preciosa dormida. La cotidianidad la hace preciosa. El momento más sagrado, la hace preciosa.

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