Los pájaros comenzaban a trinar desesperados, golpeándose con mis entrañas inundados de ira. Esta vez algo que no era mi propia voz les hizo callar. El aleteo se prolongó durante unos segundos más, segundos de ahogo que habían proyectado el carámbano hasta los párpados, rasgándolo tibiamente, sin encarnizarse, casi apiadándose de su piel dulce y resbaladiza que antes incita a la caricia que a semejante desacralización. Todo se sumió en un silencio sepulcral. La carne se contuvo en sus palpitaciones, la carne antaño perfecta ahora mutilada, la carne que implora, la carne sometida, la carne hueca, la carne de los pájaros, la carne envoltorio, la carne del apogeo, la carne del corolario, la carne putrefacta, la carne temblorosa.
Las aves se ocultaron. Cedieron sus dominios de tortura, asustadas.
Poco a poco, los monstruos fueron asediándolos.
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