Lo monstruoso se cierne sobre el mundo
una y otra vez. Se cierne sobre mi cada vez que con mis ojos indago
en mi propia imagen: si de mi mirada deriva un impresionismo
sorprendente y feliz, inocente y lúdico cuando se dirige hacia el
mundo -muy lejos de la angustiante incompresión-, lo hace también
una oscuridad desesperante cuando su objetivo son las pupilas del
espejo. A veces pienso si no estarán en él encerradas para
torturarme cuando las busco, galerías del alma más fúnebres cuyo final siempre será desconocido e incomprensible, o cuando, sin poder evitarlo, tan solo
me cruzo con ellas...
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